hayqueescribirlo (abandonado)

Les ofresco ideas que todavía no usé para ningún relato. Son suyas si quieren escribirlas. Pueden ser imágenes, escenas o argumentos enteros. o cuentos que nunca terminé o que no me convencen para que alguien más logre hacer algo con ellos. Voy a tratar de que sea al menos una por día. Creo que es posible crear en conjunto y que pueden salir cosas buenas. Escribir no tiene por qué ser un oficio solitario. Espero que ustedes también aporten algo con sus comentarios y creaciones.

Thursday, March 16, 2006

pa trás

Tengo muy descuidado este blog, sepan disculpar. No tengo ninguna excusa, al menos ninguna buena. En compensación voy a dejarles un argumento junto con el intentdo de cuento. Con esta historia por primera vez me di cuenta de que mi capacidad narrativa tiene límites. Hay algunas cosas que no puedo escribir porque no tengo los recursos suficientes para llevar el relato. Tal vez funciona en el cine, donde hay más recursos narrativos.

El argumento se basa en una teoría inventada para la historia. Supongamos que cada momento es único en el universo y en el tiempo. Esto implica que cada movimiento que hagamos es único. Es decir, la forma en que este momento presiono la tecla "A" no se va a repetir jamás. Pero el protagonista de esta historia es capaz de repetir movimientos, de forma inconsciente. Lo que le permite viajar en el tiempo. Cuando da pasos hacia atrás de una forma exactamente igual pero inversa a los pasos que había hecho hacia adelante, retrocede en el tiempo. Cuando cae de rodillas en un terreno baldío pero lo hace de la misma forma que iba a hacerlo frente a la tumba de su esposa, es transportado al lugar y momento en que se iba a encontrar frente a la tumba de su esposa. El tipo sufre saltos en el tiempo que no puede controlar del todo, aunque lo intenta todo el tiempo.
A esto se suma un relato paralelo de un tipo que vive en el tiempo común a todos pero que se ve relacionado con el protagonista que aparece cada tanto en su vida. El recurso que encontré para narrar la historia fue hacer dos columnas que avanzan de forma paralela y a veces, cuando los dos protagonistas se encuentran en tiempo y espacio, describen la misma escena desde los puntos de vista de cada uno a la misma altura de la página. En rayuela lo resuelven con una línea cada uno, pero me parece que las columnas se acerca un poco más a una lectura no lineal.
Sí, un quilombo.
No sé cómo hacer lo de las columnas en el blog, así que va primero uno y después el otro.



El reloj marca las dos y veinticuatro. Raúl, sus pasos sobre huellas resecas de otros pasos, avanza por el terreno que está a punto de adquirir; mira las altas murallas de oficinas que prometen una enorme ganancia. Y debe ser así porque invertirá su pequeña fortuna personal en este edificio; su compañía constructora en banca rota espera por el negocio. El celular se sacude en el bolsillo y su mano derecha, en un movimiento mecánico, abre el teléfono al tiempo que lo acerca al oído. Piensa que es su mujer, que está de viaje a Rosario pero la voz de su contador dice que saque toda la guita, que llame ahora, que le pasaron el dato, que llame al banco. Raúl, sin dejar de caminar, presiona el botón de discado rápido para elegir la tercera opción: ocupado. Mientras mira cruzar uno de los tantos gatos que pueblan el terreno, presiona rediscado pero sigue sin respuesta. Al cortar, el teléfono con el llamado del contador sacude su mano. Ya fue, dice. Cagó la guita, dice y cuelga. Los pasos de Raúl se detienen donde se detuvieron los otros pasos. Mira los edificios que se abalanzan sobre él; la tierra lo eleva para dejarlo caer desde alturas enormes. Contiene una arcada y da un paso hacia atrás, y al retroceder apoya los pies en las mismas huellas. La mano mecanizada conduce el celular a su oído: la voz del contador atrapada en un mar de frases incomprensibles. Su dedo corta la comunicación y el celular se sacude. El tono de ocupado y un gato que retrocede para esconderse detrás de unos escombros. Otra vez escucha la línea ocupada y luego al contador que se ahoga al hablar. Retrocede hasta las chapas que cubren la entrada y allí se detiene: 2:24 pm.
Dos y media. Raúl, pasos que evitan las huellas resecas para dejar nuevas huellas, avanza por un terreno repleto de escombros y gatos. Busca el celular y llama al banco. Una voz de mujer joven dice que aguarde en línea y segundos después otra joven voz de mujer pregunta en qué le puede ayudar. Un minuto y medio más tarde, la transacción a un banco del exterior ha sido realizada. Raúl elige, entre las opciones de discado rápido, el teléfono del celular de su mujer, que atiende y le cuenta que está en la ruta, que en media hora llega al hotel; pregunta cómo está todo y si ya cerró la compra. Él le dice que saque toda la plata de sus cuentas, que después le explica pero que lo haga ahora. Apenas escucha los por qué de su mujer, que del otro lado de la línea grita y después un estruendo de vidrios que se rompen y metal que se retuerce y al fin, la nada del tono ocupado y de la voz que le anuncia que el celular se encuentra apagado o ha salido del área de cobertura. La mano cierra el teléfono que se sacude con el llamado del contador que dice que le pasaron el dato, que saque toda la guita del banco, que llame ahora. Raúl llega hasta el final de sus pasos sin atender el llamado del contador que insiste en su mano. Los escombros que cubren el terreno lo elevan para que los edificios, inclinados sobre él, le anuncien que es responsable del asesinato de su esposa. Sus pasos retroceden sobre sus pasos, que se detienen a las dos y cincuenta y tres en la entrada del terreno.
Raúl no logra comprender. Debe regresar, debe llamar a su mujer y salvarla. Avanza y retrocede por un terreno cada vez más ajeno y desconocido. Camina hasta las últimas huellas y trata de recordar cada detalle, cada retazo de movimiento que lo han traído hasta allí. Camina hacia atrás sobre las huellas que lo guían en el tiempo que sigue avanzando: 3: 22 pm. Al fin, retrocede un paso que no había querido dar, y otro, y otro sobre huellas que desaparecen de la tierra. Un gato que retrocede, llamados de voces ahogadas y las chapas de la entrada de un terreno baldío en pleno centro de la ciudad. Raúl llama a su esposa: pará en la banquina. Ella dice que ya paró, que qué pasa pero él se mantiene en silencio. Hablame, me preocupás, dice su esposa antes del grito de terror y del sonido de vidrios que estallan y del metal contra metal. Las piernas de Raúl ceden y lo dejan de rodillas frente a la tumba de su esposa. Él levanta la vista pero los edificios ya no están allí.


Miro al arquitecto que baja del taxi a la hora exacta que debía bajar. Busca algo en su bolsillo: no es el celular sino una llave con las que abre el candado. Remueve una de las chapas, avanza por entre los escombros y yo cruzo la calle repleta de vehículos que hacen sonar sus bocinas. Hoy se ve más joven, como si los diez años que han transcurrido desde nuestro último encuentro hubiesen retrocedido en su vida. Aún recuerdo las sombras debajo de sus ojos que nunca parpadeaban y esa rigidez en sus movimientos: músculos siempre tensos aunque inmóviles.
En aquellos tiempos, al verlo entrar -casi siempre los días jueves- y antes de que se sentara a la barra, ya le tenía preparado su whisky sin hielo. Uno de esas personas que disfrutan de su bebida sin hablar y, probablemente, sin oír a nadie. Me gustan esos clientes: suelen dejar buenas propinas y no exigen más que un vaso limpio y el silencio de la buena bebida. Aquella noche también le dejé su vaso de whisky frente al asiento que solía elegir pero esta vez se dirigió directamente hacia donde yo estaba.

El alcohol parecía no tener efecto sobre aquel hombre que ahora sí hablaba. Después del cuarto vaso de mi mejor escocés continuaba con la vista fija sobre el espejo a mis espaldas. Al principio no presté atención a las palabras que apenas lograban salir de su boca; pero escuché claramente cuando dijo que, en pocos años, de mi bar sólo quedarían fotografías de un incendio en el barrio de Belgrano.

Cada momento es único, dijo Aún recuerdo aquellas palabras servidas entre whisky y whisky. Estábamos solos pero no parecía estar hablando conmigo. Cada paso que damos, cada uno de los movimientos de nuestro cuerpo es irrepetible, explicó, cuando elevamos el brazo para acercar un buen escocés a nuestros labios, realizamos un acto único; en esto se basa el transcurso del tiempo. Yo no conseguía comprender lo que aquel hombre, que debería haber estado borracho hacía horas, trataba de decirme.
Cada semana después de aquel jueves le serví su vaso de whisky pero nunca más hablamos del tema. El arquitecto volvió a ser el hombre reservado que yo tanto apreciaba. Luego de tres años, durante Nochebuena, el trabajo de toda mi vida iluminó el barrio de Belgrano. No creo que el arquitecto haya tenido nada que ver con el incendio de mi bar. Los bomberos me han dicho que lo que ocasionó el accidente fue algún fuego artificial que cayó en el patio trasero.
Entonces pude recordarlo todo y comencé a entender lo que el arquitecto me había dicho: el tiempo es subjetivo, pero subjetivo a una sola persona. Lo había explicado con tal claridad que no era que no le había entendido sino que no pude creerle. Si cada momento en la historia es único, si cada paso que damos no podemos volver a darlo, cuando se repite un movimiento se debe saltar al tiempo del cual ese movimiento es originario. Pero según creía, sólo él era capaz de repetir, de imitar a la perfección algo que ya había hecho o que haría en el futuro; o hacerlo en sentido contrario, y hacer retroceder el tiempo.



El cuento continúa con que el del bar fue contratado por el arquitecto para que evite el primer salto en el tiempo y, si no puede, que lo mate a la menor oportunidad que tenga. Pero a veces el arquitecto sabe que contrató a alguien para que lo maten y otras no. No sé bien cómo se resuelve. Piensen ustedes. A mí ya me rompió la cabeza este cuento.

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