escenas de bares
La guiness, cerveza negra de irlanda, es un líquido espeso que al servirlo parece café con leche. Sólo luego de unos segundos, a veces se debe esperar hasta un minuto, se separa en una espuma blanca y un espeso líquido negro. El horizonte que entonces se forma es increíblemente bello. Como si allí, y solo allí, se encontrara todo lo que nos mantiene apartados.
La guiness, como ya se ha dicho, es una cerveza de irlanda. Y fue en Dublín, capital de este país celta, que me enseñaron una tradición que quise dar por cierta. Cuando la cerveza se asienta se debe, antes de beber el primer sorbo, escribir en la espuma la inicial de la persona amada. Cuatro años después, en Buenos Aires, pedí una cerveza guiness y escribí una letra sobre la espuma. Andrea, mi ex mujer, preguntó qué significaba aquella S que me apresuré a beber.
Como en casa no tengo televisión, cada vez que juega la selección nacional, voy al bar de la esquina a tomar un café o una cerveza. Es un lugar caro pero tiene la ventaja de que sirven pochoclo con las bebidas y las chicas que atienden son hermosas. Julia, una de las mozas, pelo negro que deja ver cuello y nuca, ojos azules, formas que atraen miradas, me alcanzó mi cerveza con la canasta de pochoclo. En la mesa junto a la mía, se sentaron dos turistas que se hacían entender en inglés, algo de francés y poco de castellano. Canadienses, aventuré. Desplegaban sus conocimientos sobre estos idiomas y trataban de enseñarle expresiones a Julia, que los escuchaba atenta. Estuvieron así más de una hora, hasta que terminara el partido y, sólo después de haberse bebido dos cervezas cada uno, salieron del local. Pero qué tipos más pesados, dijo Julia en inglés. No se iban más, dijo en un francés perfecto mientras guardaba la propina.
Cada vez que iba a un bar, hacía origami con las servilletas de papel o cualquier hoja o volante que tuviera a mano. Antes podía crear decenas de animales, flores, cajas, canastas pero ya casi lo he olvidado todo. Si me atendía una mujer hermosa, cosa bastante común en los bares de nuestra ciudad, dejaba junto con la propina una canasta con alguna flor. Los pliegues escondían mi nombre, número de teléfono y, en los últimos tiempos, mi dirección de correo electrónico. A veces incluía palabras que creía hermosas. De todas formas jamás recibí un llamado.
Lo primero que hacíamos, mi ex mujer y yo, al entrar a un bar desconocido era darle una calificación: primera cita, segunda cita, hace dos meses que salen, casados a punto de divorciarse, y así. Es decir, cada lugar es apropiado para diferentes grados de intimidad. De esta forma, si el local tiene sillones amplios puede considerarse para segunda o tercera cita; si dispone de rincones privados es ideal para una cuarta cita; si la mesa de por medio es infranqueable, las parejas a punto de disolverse sabrán apreciarlo. En Buenos Aires existe un bar en el que puede escucharse música: cada mesa dispone de una computadora con auriculares para dos personas y una extensa lista de compactos para elegir. Aquí nos fue imposible otorgar una calificación, creímos que compartir la música es algo tan íntimo que no debíamos meternos.
Cada sábado me reúno con mi familia para desayunar en alguna de las confiterías del barrio. Existe una a la que llamamos la tarima porque tiene un sector de tres mesas más elevado que los demás. Allí fuimos a desayunar una mañana de diciembre. Yo había dormido apenas tres horas y quería permanecer despierto hasta la noche de modo que me pedí un café doble y luego otro. Mi familia partió a realizar sus actividades de fin de semana y yo me quedé a escribir el último capítulo de mi primera novela. Fueron dos horas de escribir sobre la parte de atrás de fotocopias. Tachones, aclaraciones y palabras sobre palabras que temí no entender. Al terminar de escribir el último párrafo, cinco líneas que se me dieron a conocer a mitad de la historia, me dije uy, escribí un libro. Cuando miré a mi alrededor comprendí que había elegido un oficio solitario.
A veces se piensa que una declaración de amor debe hacerse en el lugar apropiado, más si uno quiere que surta efecto. Hace años yo también pensaba así. Solía llevar a las chicas (en esa época aún no eran mujeres) a bares y confiterías que me parecían adecuados. Además esto me daba la oportunidad de mostrar mi conocimiento de la ciudad y de sus rincones. Tenía una larga lista de lugares extendidos en casi todos los barrios porteños. Andrea, por aquel entonces mi amiga, me había acompañado a más de una veintena de bares donde habíamos desayunado, tomado vino (por aquel entonces comenzaba a beber vino), cenado y pedido infinidad de cafés. Casi la totalidad de mi sueldo era invertido en esas salidas que terminaron por enamorarme de mi amiga Andrea. Un día dije que quería hablar con ella, que le invitaba un café. Dijo que tenía hambre, que mejor fuéramos a comer algo. Eligió un lugar de comidas rápidas: plástico y más plástico. Fue allí donde le dije que cada día la quería más, que pronto sería insoportable. Con mi voz que temblaba, la garganta que se cerraba apenas dejaba salir las palabras, expliqué algo acerca de una pelota que cada vez que se estaba a punto de aferrar se escapaba un poco más lejos. Aún era joven. De todas formas ella entendió el mensaje y encendió un cigarrillo. Estás fumando mucho, dije. No me jodas, dijo ella.
El primer desayuno de sábado que recuerdo (yo tendría unos seis años, recién empezaba la escuela) fue en una confitería que ya no existe. Quedaba frente a la placita Güemes, sobre una esquina donde ahora hay un banco. Nos sentábamos a una mesa junto a la ventana y, en aquella época, siempre desayunábamos té o café con leche y medialunas. A veces, si existía algo que celebrar, podíamos pedir submarinos y tostados. Aquel día no era especial, de modo me trajeron té con leche. Por alguna razón estaba enojado: no recuerdo si era con mi hermano o con mi padre. Cuando mi hermana hacía girar la cucharita preguntó en qué sentido debería hacerlo. Todos comenzaron a hacer girar sus cucharitas y cuando vi que mi padre (o mi hermano) la hacían girar hacia un sentido, decidí que yo lo haría en sentido opuesto. No sabría decir si ahora hago girar la cucharita en el mismo sentido que mi hermano (o mi padre).
Sentado a una mesa de un pub oscuro, lleno de humo y de voces de Dublín descubrí tallada en la mesa una carta (al menos eso parecía) de unas veinte lineas de largo y firmada con las iniciales J.J. Era poco lo que se entendía porque centenares de personas habían vuelto a tallar sobre la madera y entre los surcos se juntaba la mugre de generaciones. De toda formas pasé aquella noche entre intentos por descifrar la carta (había decidido que era una carta de amor) y cerveza negra tras cerveza negra. Un amigo italiano (de esos amigos que sólo se hacen y perduran cuando se está de viaje) cansado de seducir dublinesas se sentó junto a mí. ¿Ves esa rubia hermosa?, preguntó y su dedo que no dejaba de balancearse señalaba diferentes puntos del local. Me dijo que éste era el lugar preferido de Joyce. ¿Conoces a Joyce?, preguntó pero ya no lo escuchaba. No me iría hasta descifrar la carta de amor que había escrito James Joyce.

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