hayqueescribirlo (abandonado)

Les ofresco ideas que todavía no usé para ningún relato. Son suyas si quieren escribirlas. Pueden ser imágenes, escenas o argumentos enteros. o cuentos que nunca terminé o que no me convencen para que alguien más logre hacer algo con ellos. Voy a tratar de que sea al menos una por día. Creo que es posible crear en conjunto y que pueden salir cosas buenas. Escribir no tiene por qué ser un oficio solitario. Espero que ustedes también aporten algo con sus comentarios y creaciones.

Friday, March 31, 2006

Hoy en el entrenamoent de kung fu hicimos 15 minutos de meditación. El profesor nos iba pidiendo que imagináramos luces que viajaban en el cuerpo y qué sé yo. Mientras, yo entendí cómo imagino las cosas. Por ejemplo, si tengo que imaginar que subo tres pisos por escalera, primero me imagino los pasos que me llevan a la escalera; después me imagino subiendo los últimos escalones; después llegando al descanso del segundo piso; después mirando el último tramo y otra vez los últimos escalones; después un escalón en el medio y así. Supongo que es cómo mi ansiedad se expresa, esto de imaginarme el final al toque. Y, claro, después tengo que rellenar lo que falta. Bueno, se me ocurró construir un relato de esta forma. Un relato que no se desarrolla de forma lineal, que las causas de un hecho no son inmediatamente anteriores sino que pueden encontrarse hace muuuucho tiempo o incluso más adelante, donde el protagonista no tiene idea lo que pasa. Voy pensar un argumento para esta estructura.

Thursday, March 30, 2006

Nacen dos hermanos gemelos y, tal vez por falta de imaginación, tal vez por un intento de revolución, tal vez por jipis, sus padres deciden llamarlos Juan. Los dos se llaman Juan y son gemelos. Es imposible identificarlos y los padres hacen lo imposible para que así sea. Los visten igual, les compran las mismas cosas, los llevan siempre juntos a todos lados.
La pregunta es: ¿alguna vez llegan a tener conciencia individual? Tal vez son seres que no poseen el concepto de individuo, sólo de nosotros. Existieron, tal vez todavía existen, pueblos que no utilizaban nombres propios. Para llamar a alguien sólo decían persona. Tal vez no les era necesario identificar a alguien, sólo necesitaban saber que era una persona. Algo que sacaba del vocabulario el concepto de individuo, de yo, del egoísmo. Ahora, estos gemelos: ¿qué pueden vivir? ¿cuándo se trastoca su universo? ¿llegan a tomar conciencia de unidad? ¿cómo? ¿por qué? ¿cuándo? ¿y qué pasa cuando llega ese momento? ¿cambia algo?

Saturday, March 25, 2006

gaijin

Gaijin empieza a estar disponible en la net pa quien quiera leerlo en www.gaijinreloaded.blogspot.com Espero lo disfruten.

Thursday, March 23, 2006

cambio de nombre

Bueno. Me cambio el nombre porque, si la gente le deja comentarios a Mata, ya no tiene ningún sentido llamarme como el personaje de Robotech. Además medio bala el nombre Max Sterlyn, ¿no? Cuando se me ocurra uno mejor, tal vez vuelva a cambiarlo.

Wednesday, March 22, 2006

espejito espejito, quién es el más bonito?

Para desarrollar la idea de este argumento escribí un poema. Debe ser uno de los cuatro poemas que escribí en mi vida. Disculpas a todos los poetas.

Frente al espejo,
me peino,
me lavo los dientes,
miro
ojos marrones
me miran.
Y cuando
decido
no afeitarme
y
me afeito,
comprendo
que soy yo el reflejo
y no el reflejado.

Un tipo se asea frente al espejo todas las mañanas. Se mira y ve algo extraño pero no sabe qué es. Empieza a preocuparse por muchas cosas de su vida. Uno de esos momentos que se empieza a pensar demasiado y eso hace que las cosas le salgan de forma artificial. Empieza a no saber tratar con la gente sin sentirse incómodo, a dudar qué hacer y pensar durante mucho tiempo. Algo así. La cosa que un día se da cuenta de que su imagen en el espejo parece demasiado real. El tipo en el espejo, aunque se ve igual a él, parece vivir la vida sin preguntarse tanto. Y se da cuenta que en realidad él es el tipo en el espejo. Él es el reflejo y el otro la realidad. Ahora. ¿Cómo resolver esto? Porque si se deja ahí es repetir la historia que seguro alguien ya escribió. Si rompe el espejo, lo más probable es que su mundo desaparezca. Si lo deja así, nunca va a poder vivir su vida. Bueno, piensen.

¿te salvo la vida?

Anoche, algo surgió en una conversación entre amigos y otras drogas. La historia de una persona que tiene como profesión salvar vidas. Supongamos que se llama Juan. Juan provoca una situación que pone a su cliente en peligro de una gran desgracia. Juan, que está preparado para esta situación, ayuda a su cliente quien le estará en deuda por el resto de su vida. Por esto existen varios personas que creen que Juan es su amigo del alma y que le deben grandes favores y sacrificios. Y es así como Juan puede darse la gran vida.

Sunday, March 19, 2006

amantes

Supongamos una pareja que se enamora y demás. Es una pareja de dos hombres, Juan y Pedro. Pedro tiene muchos amantes y le aclara a la contraparte que esta situación no va a cambiar. No ve por qué debe cambiar, dice. Juan tampoco piensa que deba cambiar. La relación se desarrolla con mucho amor y deciden mudarse juntos. A pesar de que es algo que está hablado, de a poco se suma tensión entre ellos. Lo extraño es que Pedro en realidad muy pocas veces sale con sus amantes.
La idea es desarrollar el conflicto que puede generarse aún cuando existe una especie de contrato que los dos deciden respetar.
Cuando traté de escribir este cuento, era bastante malo, agregué una condición. Juan le dice a Pedro que puede quedarse con sus putitas, pero cada noche al despertar debía despertarse en la cama que compartían. Una noche, Pedro se emborracha solo en un bar y se despierta en un lugar que no reconoce. Corre a su casa.

Al fin reconocí la esquina de casa y me apoyé en una pared para tomar aire. Caminé frente a los edificios y negocios que tanto conocía y llegué a la otra esquina. Volví a recorrer la cuadra pero mi casa ya no estaba allí. Miré el edificio y la panadería que lindaban con el lugar donde había vivido los últimos dos años: entre ellos, un terreno baldío. Trepé el muro que separaba la calle de unos pastos altos, neumáticos llenos de agua, basura, escombros, y reconocí, en una vieja y sucia cama, la cama que nunca debí haber abandonado.
El final no estaba mal. Pero el resto del cuento sí. Espero que alguien pueda hacer algo con esto.

Saturday, March 18, 2006

cuándo estoy?

Recién, mientras sostenía a mi sobrina, precioso rincón del universo, se me ocurrió esto. Supongamos que hay un tipo que no vive los días en el orden que los vivimos nosotros (lunes martes miércoles) sino que los vive en otro orden (lunes, viernes, miércoles, martes, etc. Entonce este tipo, cuando vivie el viernes, no sabe qué pasó desde el martes hasta el jueves; cuando vive el miércoles, ya sabe qué va a pasar el viernes, incluso se preocupa cuando parece que no va a pasar lo que va a pasar. Se angustia y dice cómo puede ser. Pero aparte de eso el tipo trata de vivir la vida de la forma más normal posible. Tiene familia, trabajo y demás.
Bueno existen muchas posibilidades. Se imagianan, el tipo mata a su mujer el viernes y después vive los demás días con su mujer después de haberla matado. Muy loco.
Escriban y disfruten.

Friday, March 17, 2006

desierto

ésta me parece una escena muy poderosa. Para usar en el momento clave. Incluso me parece apropiado inventar una historia sólo para poner esta escena. Todavía no lo hice pero pienso hacerlo.

No quiero recordar por qué me encontraba en aquel desierto. Un sol que pesaba en los parpados y kilómetros de arena y rocas. Caminé durante horas, cada paso ardía en mis piernas desnudas. Cuando creía estar yendo en círculos oí un trueno. Miré aquel horizonte vertical. Ninguna nube. Otro trueno que hizo temblar el suelo. De tan seco el desierto comenzaba a abrirse a mis pies. Cerré los ojos en un intento de ver algo de oscuridad, pero aquella luz atravesaba los sueños. Hasta que llegaron sombras. Abrí los ojos para encontrarme con un todo gris iluminado por rayos que parecían sostener el cielo. De pronto, el mundo cayó en un océano. Aquella tormenta tenía una existencia absoluta, una presencia absoluta como el ahora. Lejos, en mi imaginación, surgió una línea blanca que a los pocos minutos se convirtió en una pared de agua. Aquella pared avanzaba y, por ser lo único en el lugar, avanzaba hacia mí. Y en aquel ahora, sucedió algo que sólo sucede en el futuro. El desierto se inundó. Entre toda aquella agua, sólo me quedaba llorar.

Traten de no usarla textual sino la idea de que un desierto se inunda.

Thursday, March 16, 2006

escenas de bares

La guiness, cerveza negra de irlanda, es un líquido espeso que al servirlo parece café con leche. Sólo luego de unos segundos, a veces se debe esperar hasta un minuto, se separa en una espuma blanca y un espeso líquido negro. El horizonte que entonces se forma es increíblemente bello. Como si allí, y solo allí, se encontrara todo lo que nos mantiene apartados.

La guiness, como ya se ha dicho, es una cerveza de irlanda. Y fue en Dublín, capital de este país celta, que me enseñaron una tradición que quise dar por cierta. Cuando la cerveza se asienta se debe, antes de beber el primer sorbo, escribir en la espuma la inicial de la persona amada. Cuatro años después, en Buenos Aires, pedí una cerveza guiness y escribí una letra sobre la espuma. Andrea, mi ex mujer, preguntó qué significaba aquella S que me apresuré a beber.

Como en casa no tengo televisión, cada vez que juega la selección nacional, voy al bar de la esquina a tomar un café o una cerveza. Es un lugar caro pero tiene la ventaja de que sirven pochoclo con las bebidas y las chicas que atienden son hermosas. Julia, una de las mozas, pelo negro que deja ver cuello y nuca, ojos azules, formas que atraen miradas, me alcanzó mi cerveza con la canasta de pochoclo. En la mesa junto a la mía, se sentaron dos turistas que se hacían entender en inglés, algo de francés y poco de castellano. Canadienses, aventuré. Desplegaban sus conocimientos sobre estos idiomas y trataban de enseñarle expresiones a Julia, que los escuchaba atenta. Estuvieron así más de una hora, hasta que terminara el partido y, sólo después de haberse bebido dos cervezas cada uno, salieron del local. Pero qué tipos más pesados, dijo Julia en inglés. No se iban más, dijo en un francés perfecto mientras guardaba la propina.

Cada vez que iba a un bar, hacía origami con las servilletas de papel o cualquier hoja o volante que tuviera a mano. Antes podía crear decenas de animales, flores, cajas, canastas pero ya casi lo he olvidado todo. Si me atendía una mujer hermosa, cosa bastante común en los bares de nuestra ciudad, dejaba junto con la propina una canasta con alguna flor. Los pliegues escondían mi nombre, número de teléfono y, en los últimos tiempos, mi dirección de correo electrónico. A veces incluía palabras que creía hermosas. De todas formas jamás recibí un llamado.

Lo primero que hacíamos, mi ex mujer y yo, al entrar a un bar desconocido era darle una calificación: primera cita, segunda cita, hace dos meses que salen, casados a punto de divorciarse, y así. Es decir, cada lugar es apropiado para diferentes grados de intimidad. De esta forma, si el local tiene sillones amplios puede considerarse para segunda o tercera cita; si dispone de rincones privados es ideal para una cuarta cita; si la mesa de por medio es infranqueable, las parejas a punto de disolverse sabrán apreciarlo. En Buenos Aires existe un bar en el que puede escucharse música: cada mesa dispone de una computadora con auriculares para dos personas y una extensa lista de compactos para elegir. Aquí nos fue imposible otorgar una calificación, creímos que compartir la música es algo tan íntimo que no debíamos meternos.


Cada sábado me reúno con mi familia para desayunar en alguna de las confiterías del barrio. Existe una a la que llamamos la tarima porque tiene un sector de tres mesas más elevado que los demás. Allí fuimos a desayunar una mañana de diciembre. Yo había dormido apenas tres horas y quería permanecer despierto hasta la noche de modo que me pedí un café doble y luego otro. Mi familia partió a realizar sus actividades de fin de semana y yo me quedé a escribir el último capítulo de mi primera novela. Fueron dos horas de escribir sobre la parte de atrás de fotocopias. Tachones, aclaraciones y palabras sobre palabras que temí no entender. Al terminar de escribir el último párrafo, cinco líneas que se me dieron a conocer a mitad de la historia, me dije uy, escribí un libro. Cuando miré a mi alrededor comprendí que había elegido un oficio solitario.

A veces se piensa que una declaración de amor debe hacerse en el lugar apropiado, más si uno quiere que surta efecto. Hace años yo también pensaba así. Solía llevar a las chicas (en esa época aún no eran mujeres) a bares y confiterías que me parecían adecuados. Además esto me daba la oportunidad de mostrar mi conocimiento de la ciudad y de sus rincones. Tenía una larga lista de lugares extendidos en casi todos los barrios porteños. Andrea, por aquel entonces mi amiga, me había acompañado a más de una veintena de bares donde habíamos desayunado, tomado vino (por aquel entonces comenzaba a beber vino), cenado y pedido infinidad de cafés. Casi la totalidad de mi sueldo era invertido en esas salidas que terminaron por enamorarme de mi amiga Andrea. Un día dije que quería hablar con ella, que le invitaba un café. Dijo que tenía hambre, que mejor fuéramos a comer algo. Eligió un lugar de comidas rápidas: plástico y más plástico. Fue allí donde le dije que cada día la quería más, que pronto sería insoportable. Con mi voz que temblaba, la garganta que se cerraba apenas dejaba salir las palabras, expliqué algo acerca de una pelota que cada vez que se estaba a punto de aferrar se escapaba un poco más lejos. Aún era joven. De todas formas ella entendió el mensaje y encendió un cigarrillo. Estás fumando mucho, dije. No me jodas, dijo ella.

El primer desayuno de sábado que recuerdo (yo tendría unos seis años, recién empezaba la escuela) fue en una confitería que ya no existe. Quedaba frente a la placita Güemes, sobre una esquina donde ahora hay un banco. Nos sentábamos a una mesa junto a la ventana y, en aquella época, siempre desayunábamos té o café con leche y medialunas. A veces, si existía algo que celebrar, podíamos pedir submarinos y tostados. Aquel día no era especial, de modo me trajeron té con leche. Por alguna razón estaba enojado: no recuerdo si era con mi hermano o con mi padre. Cuando mi hermana hacía girar la cucharita preguntó en qué sentido debería hacerlo. Todos comenzaron a hacer girar sus cucharitas y cuando vi que mi padre (o mi hermano) la hacían girar hacia un sentido, decidí que yo lo haría en sentido opuesto. No sabría decir si ahora hago girar la cucharita en el mismo sentido que mi hermano (o mi padre).

Sentado a una mesa de un pub oscuro, lleno de humo y de voces de Dublín descubrí tallada en la mesa una carta (al menos eso parecía) de unas veinte lineas de largo y firmada con las iniciales J.J. Era poco lo que se entendía porque centenares de personas habían vuelto a tallar sobre la madera y entre los surcos se juntaba la mugre de generaciones. De toda formas pasé aquella noche entre intentos por descifrar la carta (había decidido que era una carta de amor) y cerveza negra tras cerveza negra. Un amigo italiano (de esos amigos que sólo se hacen y perduran cuando se está de viaje) cansado de seducir dublinesas se sentó junto a mí. ¿Ves esa rubia hermosa?, preguntó y su dedo que no dejaba de balancearse señalaba diferentes puntos del local. Me dijo que éste era el lugar preferido de Joyce. ¿Conoces a Joyce?, preguntó pero ya no lo escuchaba. No me iría hasta descifrar la carta de amor que había escrito James Joyce.

escena

Cada persona llevaba sombrero, cada rostro era una oscuridad profunda donde todo se perdía. Al mismo tiempo que ansiaba tocar aquellas sombras, temía que mi mano se desintegrara en ese vacío. Dejé que el polvo del desierto tratara de descifrar facciones y entré en el bar. Me tomó un minuto acostumbrarme a la falta de luz, hasta que comencé a distinguir contornos y diferentes tonos de negro. Me acerqué a la barra y pedí una cerveza. Usted no es de por aquí, dijo una voz que venía del pozo donde debería haber estado un rostro, y el fondo del pozo parecía estar a kilómetros de allí. Usted no debería estar aquí, las palabras sonaban como si alguien, décadas atrás, las hubiese dejado para que fueran dichas en ese momento. Una cerveza, por favor, dije sin que de mi boca saliera sonido alguno.

despierto

Cada vez que nos vamos a dormir es para despertar en nuestra otra realidad. La idea es que vivimos dos vidas, pero en cada una recordamos la otra como sueños. Empecé a escribir un cuento con esta idea. Una minita que tiene una vida común con su novio. Una vida aburrida pero que no parece tener otra salida más que irse a dormir para despertar en un vida que parece más copada. una vida de soltera exitosa y lesbiana. Las dos vidas son igual de reales. Al avanzar el relato la mina empieza a mezclar cosas de sus dos vidas. Y conoce en su vida de casada a la mina que le rompió su corazón en su vida de lesbiana. No sabe por qué pero se siente atraída por esta mujer. Y quiere hacer que su novio se acueste con la mina. Hace un plan para que esto pase y después, inmediatamente después, ella acostarse con su novio. Algo así como si mi novio se coge una mina y yo me cojo a mi novio, yo también me estoy cogiendo a la mina. Mientras, en la vida de lesbiana, la misma mujer le rompe el corazón y ella planea una venganza. Pero esta parte no la tengo tan clara.

Acá les dejo un comienzo. Había escrito bastante más pero no puedo encontrarlo. Seguiré buscando.

Me quedo dormida. Mi mano apaga el despertador que al caer de la mesa de luz, emite un sonido a plástico que se rompe. Miro a Daniel, que del otro lado de la cama duerme con la sábana que le cubre la cabeza pero no los pies. Pienso en despertarlo para contarle el sueño que no le cuento porque ya me olvidé todo, lo único que recuerdo es un beso que alguien me daba, un sensual beso de otra mujer. Al levantarme de la cama escucho un ronquido.

El relator de fútbol parece llamarme desde la habitación mientras me lavo los dientes frente al espejo: sonrisa de perro rabioso. Daniel, sin dejar de mirar el partido, dice que apague la luz que pronto apago para acostarme junto a él: hoy, nada de sexo. Me quedo dormida con un grito de gol que se repite en mi oído. Me despierta un grito o el sueño de un grito que ya no escucho. La luz del amanecer ilumina la mitad de la cama vacía: colcha, sábana y almohada sin una arruga. Al levantarme, la falda de mi vestido largo emite el sonido de caricias de seda.

pa trás

Tengo muy descuidado este blog, sepan disculpar. No tengo ninguna excusa, al menos ninguna buena. En compensación voy a dejarles un argumento junto con el intentdo de cuento. Con esta historia por primera vez me di cuenta de que mi capacidad narrativa tiene límites. Hay algunas cosas que no puedo escribir porque no tengo los recursos suficientes para llevar el relato. Tal vez funciona en el cine, donde hay más recursos narrativos.

El argumento se basa en una teoría inventada para la historia. Supongamos que cada momento es único en el universo y en el tiempo. Esto implica que cada movimiento que hagamos es único. Es decir, la forma en que este momento presiono la tecla "A" no se va a repetir jamás. Pero el protagonista de esta historia es capaz de repetir movimientos, de forma inconsciente. Lo que le permite viajar en el tiempo. Cuando da pasos hacia atrás de una forma exactamente igual pero inversa a los pasos que había hecho hacia adelante, retrocede en el tiempo. Cuando cae de rodillas en un terreno baldío pero lo hace de la misma forma que iba a hacerlo frente a la tumba de su esposa, es transportado al lugar y momento en que se iba a encontrar frente a la tumba de su esposa. El tipo sufre saltos en el tiempo que no puede controlar del todo, aunque lo intenta todo el tiempo.
A esto se suma un relato paralelo de un tipo que vive en el tiempo común a todos pero que se ve relacionado con el protagonista que aparece cada tanto en su vida. El recurso que encontré para narrar la historia fue hacer dos columnas que avanzan de forma paralela y a veces, cuando los dos protagonistas se encuentran en tiempo y espacio, describen la misma escena desde los puntos de vista de cada uno a la misma altura de la página. En rayuela lo resuelven con una línea cada uno, pero me parece que las columnas se acerca un poco más a una lectura no lineal.
Sí, un quilombo.
No sé cómo hacer lo de las columnas en el blog, así que va primero uno y después el otro.



El reloj marca las dos y veinticuatro. Raúl, sus pasos sobre huellas resecas de otros pasos, avanza por el terreno que está a punto de adquirir; mira las altas murallas de oficinas que prometen una enorme ganancia. Y debe ser así porque invertirá su pequeña fortuna personal en este edificio; su compañía constructora en banca rota espera por el negocio. El celular se sacude en el bolsillo y su mano derecha, en un movimiento mecánico, abre el teléfono al tiempo que lo acerca al oído. Piensa que es su mujer, que está de viaje a Rosario pero la voz de su contador dice que saque toda la guita, que llame ahora, que le pasaron el dato, que llame al banco. Raúl, sin dejar de caminar, presiona el botón de discado rápido para elegir la tercera opción: ocupado. Mientras mira cruzar uno de los tantos gatos que pueblan el terreno, presiona rediscado pero sigue sin respuesta. Al cortar, el teléfono con el llamado del contador sacude su mano. Ya fue, dice. Cagó la guita, dice y cuelga. Los pasos de Raúl se detienen donde se detuvieron los otros pasos. Mira los edificios que se abalanzan sobre él; la tierra lo eleva para dejarlo caer desde alturas enormes. Contiene una arcada y da un paso hacia atrás, y al retroceder apoya los pies en las mismas huellas. La mano mecanizada conduce el celular a su oído: la voz del contador atrapada en un mar de frases incomprensibles. Su dedo corta la comunicación y el celular se sacude. El tono de ocupado y un gato que retrocede para esconderse detrás de unos escombros. Otra vez escucha la línea ocupada y luego al contador que se ahoga al hablar. Retrocede hasta las chapas que cubren la entrada y allí se detiene: 2:24 pm.
Dos y media. Raúl, pasos que evitan las huellas resecas para dejar nuevas huellas, avanza por un terreno repleto de escombros y gatos. Busca el celular y llama al banco. Una voz de mujer joven dice que aguarde en línea y segundos después otra joven voz de mujer pregunta en qué le puede ayudar. Un minuto y medio más tarde, la transacción a un banco del exterior ha sido realizada. Raúl elige, entre las opciones de discado rápido, el teléfono del celular de su mujer, que atiende y le cuenta que está en la ruta, que en media hora llega al hotel; pregunta cómo está todo y si ya cerró la compra. Él le dice que saque toda la plata de sus cuentas, que después le explica pero que lo haga ahora. Apenas escucha los por qué de su mujer, que del otro lado de la línea grita y después un estruendo de vidrios que se rompen y metal que se retuerce y al fin, la nada del tono ocupado y de la voz que le anuncia que el celular se encuentra apagado o ha salido del área de cobertura. La mano cierra el teléfono que se sacude con el llamado del contador que dice que le pasaron el dato, que saque toda la guita del banco, que llame ahora. Raúl llega hasta el final de sus pasos sin atender el llamado del contador que insiste en su mano. Los escombros que cubren el terreno lo elevan para que los edificios, inclinados sobre él, le anuncien que es responsable del asesinato de su esposa. Sus pasos retroceden sobre sus pasos, que se detienen a las dos y cincuenta y tres en la entrada del terreno.
Raúl no logra comprender. Debe regresar, debe llamar a su mujer y salvarla. Avanza y retrocede por un terreno cada vez más ajeno y desconocido. Camina hasta las últimas huellas y trata de recordar cada detalle, cada retazo de movimiento que lo han traído hasta allí. Camina hacia atrás sobre las huellas que lo guían en el tiempo que sigue avanzando: 3: 22 pm. Al fin, retrocede un paso que no había querido dar, y otro, y otro sobre huellas que desaparecen de la tierra. Un gato que retrocede, llamados de voces ahogadas y las chapas de la entrada de un terreno baldío en pleno centro de la ciudad. Raúl llama a su esposa: pará en la banquina. Ella dice que ya paró, que qué pasa pero él se mantiene en silencio. Hablame, me preocupás, dice su esposa antes del grito de terror y del sonido de vidrios que estallan y del metal contra metal. Las piernas de Raúl ceden y lo dejan de rodillas frente a la tumba de su esposa. Él levanta la vista pero los edificios ya no están allí.


Miro al arquitecto que baja del taxi a la hora exacta que debía bajar. Busca algo en su bolsillo: no es el celular sino una llave con las que abre el candado. Remueve una de las chapas, avanza por entre los escombros y yo cruzo la calle repleta de vehículos que hacen sonar sus bocinas. Hoy se ve más joven, como si los diez años que han transcurrido desde nuestro último encuentro hubiesen retrocedido en su vida. Aún recuerdo las sombras debajo de sus ojos que nunca parpadeaban y esa rigidez en sus movimientos: músculos siempre tensos aunque inmóviles.
En aquellos tiempos, al verlo entrar -casi siempre los días jueves- y antes de que se sentara a la barra, ya le tenía preparado su whisky sin hielo. Uno de esas personas que disfrutan de su bebida sin hablar y, probablemente, sin oír a nadie. Me gustan esos clientes: suelen dejar buenas propinas y no exigen más que un vaso limpio y el silencio de la buena bebida. Aquella noche también le dejé su vaso de whisky frente al asiento que solía elegir pero esta vez se dirigió directamente hacia donde yo estaba.

El alcohol parecía no tener efecto sobre aquel hombre que ahora sí hablaba. Después del cuarto vaso de mi mejor escocés continuaba con la vista fija sobre el espejo a mis espaldas. Al principio no presté atención a las palabras que apenas lograban salir de su boca; pero escuché claramente cuando dijo que, en pocos años, de mi bar sólo quedarían fotografías de un incendio en el barrio de Belgrano.

Cada momento es único, dijo Aún recuerdo aquellas palabras servidas entre whisky y whisky. Estábamos solos pero no parecía estar hablando conmigo. Cada paso que damos, cada uno de los movimientos de nuestro cuerpo es irrepetible, explicó, cuando elevamos el brazo para acercar un buen escocés a nuestros labios, realizamos un acto único; en esto se basa el transcurso del tiempo. Yo no conseguía comprender lo que aquel hombre, que debería haber estado borracho hacía horas, trataba de decirme.
Cada semana después de aquel jueves le serví su vaso de whisky pero nunca más hablamos del tema. El arquitecto volvió a ser el hombre reservado que yo tanto apreciaba. Luego de tres años, durante Nochebuena, el trabajo de toda mi vida iluminó el barrio de Belgrano. No creo que el arquitecto haya tenido nada que ver con el incendio de mi bar. Los bomberos me han dicho que lo que ocasionó el accidente fue algún fuego artificial que cayó en el patio trasero.
Entonces pude recordarlo todo y comencé a entender lo que el arquitecto me había dicho: el tiempo es subjetivo, pero subjetivo a una sola persona. Lo había explicado con tal claridad que no era que no le había entendido sino que no pude creerle. Si cada momento en la historia es único, si cada paso que damos no podemos volver a darlo, cuando se repite un movimiento se debe saltar al tiempo del cual ese movimiento es originario. Pero según creía, sólo él era capaz de repetir, de imitar a la perfección algo que ya había hecho o que haría en el futuro; o hacerlo en sentido contrario, y hacer retroceder el tiempo.



El cuento continúa con que el del bar fue contratado por el arquitecto para que evite el primer salto en el tiempo y, si no puede, que lo mate a la menor oportunidad que tenga. Pero a veces el arquitecto sabe que contrató a alguien para que lo maten y otras no. No sé bien cómo se resuelve. Piensen ustedes. A mí ya me rompió la cabeza este cuento.

Thursday, March 02, 2006

el fulbo se lleva en el alma

Historia de fulbo que ya empecé a escribir pero nunca me gustó cómo quedó. Supongo que voy a intentar de nuevo porque es una muy linda historia. La saqué de una historia real que contaron en un programa de radio. Me quedé con lo que estaba bien, agregué algunas cosas y así quedó.


Última fecha de un campeonato de fútbol. Nuestro equipo A está último y descendido desde hace varias fechas. Antes del fin de semana, los jugadores hacen una vaquita y compran una boleta de prode, que viene acumulando pozo hace tres semanas. Discuten cada partido y ponen cruces L, E, V. El partido que tienen que jugar es de visitante contra el que va primero X, que ya es campeón desde la fecha anterior. Deciden poner V y no usan ninguna doble en ese partido. En el fin de semana ven todos los partidos de la fecha y se dan cuenta de que acertaron todos en la boleta de prode. Sólo les falta el suyo propio. Llega el domingo, entran a la cancha y se cagan a patadas. Los jugadores del equipo X no entienden por qué tanta dureza en un equipo descendido en un partido que no cuenta para nada. Llegan al medio tiempo 1-1. El árbitro habla con el capitán de A. Usted está expulsado. No puede pegar esas patadas. No entre a la cancha en el segundo tiempo. Discuten . El capitán de X se acerca y pide que no lo eche. Al fin, entre los dos logran convencerlo. Che, qué les pasa? Nos están cagando a patadas, dice el capitán de X. Se le explica por qué juegan así. No les vamos a dejar el partido, dice el capitán de X. Es nuestra cancha y está llena. Silencio en el vestuario de A. Nada de charlas conmovedoras. Salen de nuevo. Se siguen cagando a patadas y esta vez es de los dos lados. Patada al capitán de A. Tiro libre. Todos arriba, incluso el arquero. Patea, toca en alguien, se clava en el ángulo. Festejan con tantas ganas que nadie comprende por qué tanta alegría en un equipo descendido. Termina el partido y van a festejar al vestuario. Deciden ir a comer afuera e invitan a todos los jugadores de X. Comen una comida de la puta madre, con vino y todo. Se cagan de la risa mientras escuchan en la radio la información del prode. Junto con ellos, hay otros doscientos ganadores. La plata que van a recibir apenas les alcanza para la cena.